Colombia
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Musica Colombiana
Una pieza, El trueque, ilustra el estilo. La composición pertenece a Urdimbres y marañas (2007), su segundo disco. La chalupa, un ritmo originario de Palenque, evoca a Bogotá: el caos, la tensión, la ciudad gris y colorida. Sin embargo, la escritura de Gallo evita la postal, el mero acompañamiento rítmico. Lenguaje unitario, hay tanto de la urbe como de la tradición profunda.
“Pensé una escala como la de la gaita”, admite el pianista. “Casi escribí una melodía que pudiera tocar la gaita”.
El gesto es particular. Formado en la academia pura (graduado de la Universidad de North Texas y doctor en composición de Stonybrook), el bogotano ha construido su obra desde el reconocimiento absoluto. No hay jerarquías. En su caso, la música tradicional aporta tanta validez como el jazz u otras fuentes.
De padres tolimenses que tocaban y cantaban, esa visión podría estar mediada por un contacto temprano con los ritmos de los Andes colombianos. Con las fiestas familiares, la relación abarcó lo bailable: chucu-chucu, salsa, merengue, cumbia. Como una exposición obligatoria, o una educación sentimental o patriótica, o en definitiva una primera formación.
La historia inicial de Gallo no es prodigiosa. Luego de descubrir el jazz, inició estudios formales de música y piano a los 17 años, aunque con una base de teclado y guitarra. Las razones iban en dos direcciones: el sonido recién descubierto y la posibilidad de componer. Aquello último fue revelador: inmerso en la escritura, aprendiendo lo que lo atraía del siglo XIX y del XX, el pianista reafirmó un instinto por cruzar mundos e intereses.
En esa medida, la música contemporánea supuso la posibilidad de incorporar elementos colombianos, el escenario para exponer texturas. La obra Registros perdidos (2004), para gaita y electrónica, funciona como modelo. Motivo recurrente, la pieza está basada en una melodía tradicional del instrumento. Hay tensión, fuerza dramática, la convivencia particular de dos timbres (la madera y la máquina).